Experto

Los Nómadas de la Noche

RUBÉN CORTÉS

No quiero que la muerte de Fidel Castro me desdibuje los recuerdos. Mis abuelos murieron durante el gobierno de Fidel Castro, mis padres crecieron y murieron durante el gobierno de Fidel Castro, mis hermanas y yo nacimos y crecimos durante el gobierno de Fidel Castro, mis sobrinos nacieron y se criaron durante el gobierno de Fidel Castro. A mis abuelos, mis padres, mis hermanas, a mí y a mis sobrinos, a cuatro generaciones de mi familia, el gobierno de Fidel Castro le dijo dónde trabajar, dónde y qué estudiar, a cuál hospital ir, en qué unidad militar combatir, qué programas de televisión ver y qué programas de radio escuchar, qué libros leer, en qué clínica nacer, en cuál funeraria ser velados y en cuál cementerio ser enterrados. A cuatro generaciones de mi familia el gobierno de Fidel Castro les dijo que debían vivir al mes con dos kilos de arroz, medio de chícharos, medio de frijoles, uno de sal, dos de azúcar y un cuarto de aceite; cinco huevos y cinco onzas de café; un panecillo diario y un muslo de pollo cada dos o tres meses. También con una barra de jabón por persona cada tres meses y un tubo de dentífrico por familia cada tres meses.

Mis recuerdos no se desvanecen como esa gama de grises de las fotografías que se desempolvan hoy, de los días en que Fidel Castro obligó a los cubanos a donarle el tiempo, las manos, los ojos, los labios, las piernas, el corazón y el silencio. Nada como el silencio de 10 millones de personas para implantar un régimen sin libertades individuales, de empresa, de reunión, de movimiento. Y el miedo: porque las dictaduras de izquierda se fundan en una emulsión infalible de mucho miedo y poca sangre, a cambio de derechos sociales en lugar de derechos humanos: consulta médica e internación, estudio y deporte gratuitos, aunque no siempre haya medicinas, canchas, tenis. Salud y educación gratuitas a cambio de ordenar a los ciudadanos qué hacer con la buena salud, desde trabajar obligatoriamente en campos de cultivo del Estado hasta combatir en las guerras de África. Educación gratuita para cursar la carrera establecida por los planes quinquenales, y para hacer las lecturas literarias que ordene el gobierno. Salud y educación gratuitas, aunque el ser humano no siempre esté enfermo ni estudiando. Privados, además, de todas las libertades individuales, salvo la de mandar sobre tu propio cuerpo en el acto sexual, con la única prohibición de las manifestaciones homosexuales, pagadas con cárcel o exclusión política, social y laboral. Sin derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; sin derecho a salir del país por decisión propia y mucho menos a regresar; sin derecho a la propiedad, individual y colectivamente. Pero, eso sí: con el derecho de vigilar a los otros y ser vigilados por los otros en la escuela, el trabajo y la calle. Escribió el poeta de Pinar del Río Heberto Padilla:

Le pidieron el bosque que lo nutrió de niño,

Con su árbol obediente.

Le pidieron el pecho, el corazón, los hombros.

Le dijeron

Que eso era estrictamente necesario.

Le explicaron después

Que toda donación resultaría inútil

Sin entregar la lengua,

Porque en tiempos difíciles

Nada era tan útil para atajar el odio o la mentira.

Y finalmente le rogaron

Que, por favor, echase a andar,

Porque en tiempos difíciles

Ésta es, sin duda, la prueba decisiva

Estos versos condujeron a Padilla primero, a la prisión, acusado de “actividades subversivas”; luego a una autocrítica pública; finalmente al exilio en que a los 68 años murió triste y desolado. Tenía cirrosis. Demasiado alcohol para olvidar la traición y el desamparo en un espíritu libre abollado por la cárcel y el desprecio público. Este poema, “En tiempos difíciles”, incluido en el libro Fuera del juego, provocó el famoso Caso Padilla, que disolvió en ácido la luna de miel de casi todos los intelectuales importantes del mundo con el gobierno de Fidel Castro: la intelligentzia social-liberal de aquellos días, desde Sartre, Beauvoir, Paz, Cortázar, Duras, Calvino, Sontag, Enzensberger, Genet, Juarroz y García Márquez, pasando por Sarduy, Semprún, Claudín, Tàpies, Vargas Llosa, Valente, Marsé, Fuentes, los Goytisolo, Barral, Castellet, Bryce, Donoso, Rulfo. ¿Por qué Padilla acabó en las mazmorras por escribir? Porque Fidel Castro decidió que sólo se podía escribir “con la Revolución, todo; contra la Revolución nada”. ¿Por qué Padilla se retractó públicamente? Por miedo. Porque no todos los seres humanos son Nelson Mandela o Pepe Mujica. La mayoría sólo quiere vivir en libertad, ser más o menos dueña de su destino, vivir con la familia, viajar de vacaciones, tomar una copa con los amigos, ir al cine, comer en un restaurante, ver televisión comiendo palomitas y una cerveza en la mesita de centro. La mayoría tiene miedo a no tener eso, o a perder eso. La mayoría sólo quiere ser feliz. Los gobernados bajo el sistema de Fidel Castro, sin embargo, viven privados de no poder escoger ni siquiera su propia infelicidad.

Me fui de Cuba. Por eso sé que lo único imperdonable es el olvido, y que el pasado no es propiedad de nadie. Los reportajes luctuosos de estos días no van a extraviar en mi memoria aquel discurso de Fidel Castro que se convirtió en un surtidor de desamores incesantes, de destierros vitalicios, de olvidos implacables, de amistades perdidas, de familias separadas. Una advertencia escalofriante a quienes partían al exilio porque no estaban de acuerdo con su gobierno:

“Es muy serio no poder disfrutar nunca más de este pueblo, de esta compañía, de las bellezas de nuestra patria, de nuestras playas, de nuestros campos, de nuestra música; pero sobre todo de este despertar, de esta alegría de vivir este minuto singular de nuestra historia; ya es de verdad bastante castigo haber renunciado a eso para siempre”.

Una condena dictada por la inspiración divina de un déspota, que provocó que yo dejara de ver diez años a Toto, mi tía más querida, que la negara tres veces por día en la escuela cuando me preguntaban si tenía familiares en el extranjero, y la negara tres veces más al otro día cuando me preguntaban si tenía relaciones con alguien en el extranjero; mientras guardaba (guardo aún como antídoto contra el olvido) un librito de La caperucita roja que me mandó desde Madrid, a donde la mandaron a hacer escala de avión para poder llegar a Miami: media vuelta al globo terráqueo porque Fidel Castro había cerrado por dentro y por fuera los accesos a Estados Unidos.

Una sentencia definitiva sobre la vida de 10 millones de cubanos, que provocó que hoy mi tía Memo esté enterrada en un cementerio de arena de la calle Ocho, en Miami, a unas 90 millas de distancia insalvable para sus huesos deshechos, de otro montoncito de huesos deshechos, los de su esposo Tony, que reposan en Cuba; que los restos de gente mía descansen también en España, que mi familia esté repartida por medio mundo, desde Brasil a Alemania, y me despierte azorado siempre que el teléfono suena de madrugada porque, pienso, será una mala noticia desde algún lugar lejano adonde ha ido a recalar un primo o un tío; que mis hermanas sepan que van a morir en Miami y yo en México, con el espanto que nos provoca que nuestros despojos no puedan echarse en la misma fosa de nuestros padres, sepultados en Pinar del Río, sin que yo pueda ir a ponerles una flor desde hace ya tiempo, porque tengo miedo de viajar a la isla, debido a que he escrito textos críticos y utilizado palabras que el gobierno cubano considera inapropiadas, como “régimen”, “dictadura”, “dictador”, “totalitarismo”.

¿Por qué tengo miedo si soy un ciudadano mexicano? Porque para Cuba todas las personas nacidas en la isla son consideradas ciudadanos cubanos, porten el pasaporte que sea. Y mientras permanezcan de visita en la isla deben cumplir todos los deberes, aunque no gocen de ningún derecho.

En el aeropuerto de La Habana no hay carteles de “Bienvenido, paisano”, no existe el término “connacionales” ni hay comunicados en favor de los compatriotas radicados en otros países. Si un expatriado necesita ayuda fuera de Cuba, para el gobierno no es cubano. Pero, dentro de Cuba, es cubano aunque resida en Burundi y tenga el pasaporte de Burundi hace 50 años. Mi amigo Lichi, el cubano de más raigambre cubana que he conocido, tuvo que salir corriendo de un hospital cubano, donde le hacían diálisis para su enfermedad terminal de los riñones, porque vivía en México y al día siguiente se le vencía la visa cubana. Y tuvo que morir aquí, en el Hospital General.

No me tienen que amenazar para que sienta temor. Es el acierto de la dictadura cubana: mucho miedo y poca sangre. Nunca falta el recordatorio de un heraldo que te precisa que escribiste la palabra “dictadura”. Lo explica mejor el escritor exiliado Norberto Fuentes: “Van casa por casa y tocan justamente en las puertas designadas y hablan con toda claridad con el ciudadano que debe ser advertido. El mensaje es rústico, elemental si se quiere, pero de una enorme efectividad. No se te ocurra un invento, porque te la cortamos: mira el hacha”. Ese miedo en el cuerpo, esa desconfianza de unos contra otros, es la rueda dentada que permitió a Fidel Castro imponer el récord universal de longevidad en el poder, con una simpleza demoledora: son recurrentes los programas en la televisión para mostrar el desmantelamiento de una red contrarrevolucionaria en la que siempre hay un “compañero” infiltrado: ahí está el secreto. Los eslóganes castristas lo presumen: “Hay un ojo que te ve”, “El enemigo observa”, “Vigilancia es revolución”.

Hace años supe que una amiga de mi primera juventud trabajaba como enviada de la prensa oficial cubana en la Ciudad de México. La llamé por teléfono, pero me pidió, no precisamente de favor, que no la molestase porque ya estábamos en orillas ideológicas diferentes. No me dio tiempo a preguntarle cuál era su orilla, aunque supe rápido que era la orilla de la simulación, el deporte nacional bajo la dictadura de Fidel Castro: aprovechó el viaje para casarse con un mexicano. Aquí vive. Tiene un perro lanudo, un coche del año y un lindo departamento. También hace años, cuando yo vivía en Cuba, perdí una promoción como corresponsal por la denuncia de un compañero, al que le dijo alguien que yo había aceptado dos sacos de uso como regalo de un colega extranjero de la agencia AFP. Por cierto, el compañero denunciante se casó después con una canadiense y vive en Montreal.

Pero eso era normal: nos habían adoctrinado para comportarnos como lobos de nosotros mismos. Por eso, en el año 80 nos sacaron de la escuela una semana para lanzar piedras y huevos a quienes pasaban en fila camino al puerto de Mariel para exiliarse en Miami. Eran “traidores” y “gusanos”. En 10 años regresaron como turistas, bien vestidos, rozagantes. Y los recibimos como hijos pródigos. Ya no eran “traidores” sino “traedólares”. Ya no eran “gusanos”, sino “mariposas”. Venían con dinero y la posibilidad —nula para quienes los habíamos apedreado— de rentar coches y hospedarse en hoteles. No se me va a olvidar que, al regresar de la guerra de Angola, sus compañeros observamos pasivamente cómo el soldado internacionalista Carlos Martí dio en la cárcel por robar una lata de comida de cerdos. Tampoco olvido que, hoy mismo, uno de los amigos más añorados que me quedan en Cuba está preso por sacar un poco de gasolina del tanque a un vehículo oficial. Mi amigo gana 18 dólares al mes y tiene un bebé. Un galón de gasolina le resuelve la vida dos meses vendidos en el mercado negro.

Porque nací y crecí en Cuba, no quiero que la muerte de Fidel Castro me desdibuje los recuerdos. Ni deje de recordarme que los cubanos son nómadas de una noche interminable.

Una noche en la que yo duermo con fantasmas.

* Publicado en el diario La Razón el 28 de noviembre de 2016.  Se reproduce con el consentimiento del autor.

* Rubén Cortés Fernández nació el 18 de enero de 1964 en Pinar del Río, Cuba. Es graduado de periodismo por la Universidad de la Habana. Radica en la ciudad de México desde 1995. Ha sido corresponsal de guerra, subdirector de La Crónica de Hoy, director editorial en el noticiero Hechos de Javier Alatorre, en TV Azteca; académico en la Universidad Iberoamericana. Es autor, entre otros libros, de “Crónicas de Guerra, Afganistán e Irak en el frente de batalla” (Ed. Cal y Arena 2003); “Nueve meses en la eternidad” (Cal y Arena 2007) y “¡Cuba, Cuba!” ( Cal y Arena 2009). En 2017 publicará su próximo libro “Los días de gloria”, en Cal y Arena.

Actualmente es director general del periódico La Razón de México.

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